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Colapso en el Hospital de Alcorcón: Enfermos en los pasillos

De la mano de una de nuestras compañeras de la emisora nos llega esta información sobre el desastroso estado del servicio sanitario en el Hospital Fundación Alcorcón. Podéis ver el vídeo que ilustra cómo los pacientes están ingresados en camas en los pasillos de Urgencias, y leer la carta que sigue a continuación.

Estimadas Esperanza Aguirre y Ana Mato:

Esta es una carta más de indignación por la actual sanidad pública. Es triste decir “una carta más”, pero buscando información sobre los recortes (este año Sanidad tendrá 409 millones de euros menos de presupuesto, pero qué os voy a contar a vosotras) me he encontrado muchas quejas de otros ciudadanos que como yo han sufrido el deprimente estado de este servicio social.

Escribo esta carta no como paciente (pues yo, por suerte, estoy sana de momento), sino como voz de una persona ingresada que ahora mismo no tiene mucho ánimo para hacerse oír.

Esta persona es mi pareja, Daniel, que está actualmente ingresado en el Hospital Fundación Alcorcón, a la espera de una resonancia que nadie sabe cuándo va a llegar, pero empezaré por el principio.

El pasado lunes 2 de enero acudimos al Hospital Fundación Alcorcón a ver al especialista, que nos derivó a Urgencias a eso de las 13:30h. Pasamos en Urgencias seis horas a la espera de un TAC, y otras cuatro a la espera de los resultados. A las 23:30h. el médico que nos vio en Urgencias nos dijo que los resultados debía verlos el neurólogo, que en ese momento ya no se encontraba en el hospital (no había ningún otro de guardia). ¿A qué hora se fue el neurólogo? ¿Por qué nadie nos avisó y nos evitó vete a saber cuántas horas de espera? ¿Por qué no hay neurólogos de guardia en el hospital? No comprendo los misterios de la Sanidad Pública, ¿me los podrían explicar?

El médico nos dice que hasta las 8:30h. del día siguiente el neurólogo no puede ver los resultados, y que hay dos opciones: nos quedamos ingresados, o nos vamos a casa y volvemos al día siguiente a primera hora de la mañana. Evidentemente, nos vamos a casa, sobre todo porque la situación es desoladora: desde la sala de espera de Urgencias vemos que las camas se apilan en los pasillos. Los enfermos, sin ningún tipo de intimidad, duermen en las zonas de paso, a la vista de todos, sin baño propio, sin ducha, sin armario, sin sofás para sus familiares. Incluso veo con mis propios ojos cómo lavan y cambian a una señora mayor a la vista de todos, sólo ocultándola tímidamente con un biombo de un metro de ancho.

Ante el panorama desolador, nos vamos a casa y volvemos al día siguiente. A las 10h. el neurólogo solicita el ingreso en el hospital de Daniel, al que deben realizar varias pruebas para diagnosticar su enfermedad. Desde ese momento pasamos doce horas en la sala de espera de Urgencias, esperando una cama que parece que nunca va a llegar. Preguntamos varias veces a las enfermeras, ponemos una reclamación, nada alivia nuestra desesperación. En la sala de espera nos encontramos con otros pacientes, que como nosotros, también estaban allí el día anterior. Ellos también están esperando una cama. Algunos han dormido en la propia sala de espera, en un sofá.

Ingresado, con la vía puesta, Daniel debe comer en la sala de espera de Urgencias, ante la atenta mirada del resto de enfermos, que se ponen nerviosos al conocer nuestra situación (llevamos dos días allí y aún no tenemos cama, y mucho menos tratamiento). Nuestros ánimos van mermando.

A eso de las 22:00h. nos dan una cama, o mejor dicho, una camilla, en un pasillo, por supuesto. Allí debemos pasar la noche, en una camilla de apenas cuatro centímetros de grosor, más dura que una piedra. Las camillas sirven para transportar a los enfermos, no para que pasen allí la noche. No somos los únicos que tenemos camilla. A nuestro lado hay un señor mayor, de unos setenta años, que lleva varios días allí. Hay una treintena de camas y camillas en los pasillos. La mayoría están ocupadas, otras están esperando para serlo, con las sábanas ya puestas.

En los pasillos hace frío, especialmente en aquellas zonas bajo las salidas de aire acondicionado. La luz, fluorescente, es fuerte y constante las veinticuatro horas. El pasar de los médicos y enfermeros es continuo. Todo el mundo va y viene hablando, se oye música desde el puesto de enfermeros, entran y salen camillas con enfermos críticos. No hay sitio donde guardar las pertenencias, ni enchufe donde cargar el teléfono móvil. No hay lugar para que un familiar acompañe al enfermo, sólo unas pocas sillas de madera muy codiciadas. La situación es deprimente, indignante y denigrante a partes iguales. Es el peor ambiente para tratar a un enfermo, que ya de por sí está preocupado por su enfermedad.

Nos quejamos a las enfermeras y conseguimos que nos den una cama en lugar de una camilla. En el pasillo, eso sí, lo hemos asumido (tristemente), pero al menos una cama. Si algo hemos aprendido esta semana es que “el que no llora, no mama”. Es muy triste que tener que quejarse y enfadarse para conseguir algo que en realidad nos pertenece por derecho. Muchos pasaron la noche en camillas por no quejarse, por no levantar la voz, la mayoría ancianos que quieren pocos problemas con nadie.

Allí, en una cama en un pasillo en Urgencias, Daniel pasa la noche, y no duerme bien, como es lógico. Está situado junto al cristal de la entrada al vestíbulo de Urgencias (en dicho vestíbulo se hacinan unos diez enfermos, algunos pegados al mostrador de enfermeros), y junto a la sala de críticos. No dejan de entrar y salir enfermeros cada vez que suena una alarma estruendosa. Constantemente llegan camillas con nuevos pacientes, algunos en estado muy grave, cosas que nadie que no trabaje allí debería estar viendo.

Las enfermeras (que trabajan en turnos muy largos y están bastante “quemadas” y nerviosas –el estado perfecto para atender a enfermos, vaya-), nos confiesan que varias áreas del hospital están cerradas debido a los últimos recortes de personal, que sucedieron hace escasas semanas. Nos dicen que no es que no haya habitaciones, es que no hay personal para atenderlas, por eso, aquellos pacientes que llegan a Urgencias deben agolparse en una zona muy reducida a la espera de que queden camas libres en planta. Lo que antes podía tardar como máximo unas seis horas, ahora tarde, de media, unas treintaiséis.

El miércoles se presenta sin novedades. Por la mañana pasa un médico que nos dice que hasta que no nos suban a planta, no empiezan con las pruebas. Desesperante. Por la tarde, nos dan una habitación, por fin, casi veinticuatro horas después. Nuestro compañero de al lado, un señor mayor, nos pide la almohada cuando ve que nos marchamos. Él lleva un día entero sin almohada, no hay, se han acabado. Nos quedamos atónitos cuando nos lo cuenta, pero en realidad no nos sorprende tanto. Le damos la almohada, esperamos dos horas hasta que la habitación está lista, y subimos arriba. Estamos estúpidamente emocionados, ¡una habitación! ¡una ventana! ¡una ducha! ¡una tele! ¡un armario! Y lo más importante: ¡por fin podrán empezar a hacerle pruebas! Hemos pasado en total unas 50 horas en Urgencias, veintidós de ellas en una cama en un pasillo, y las otras veintiocho en la sala de espera.

Cuatro días después, nada importante ha ocurrido. Estamos a la espera de una resonancia que se solicitó el jueves por la mañana, cuando pasó el médico, pero que nadie nos dice cuándo se efectuará. Ni el viernes 6 de enero, ni el sábado ni el domingo ha pasado el médico a vernos, y por supuesto, no se están haciendo resonancias en esos días, o eso es lo que nos han dicho. Damos una vuelta por el hospital. Apenas hay movimiento. La zona de “diagnóstico por imagen” está bastante apagada. ¿Es que los festivos y fines de semana los enfermos no enferman? ¿Es que las enfermedades se paralizan durante esos días?

Preguntamos por qué tenemos que estar allí a la espera de una prueba, ¿por qué no podemos irnos a casa? Nos dicen que si nos vamos a casa entramos en lista de espera. La primera consulta con el neurólogo será dentro de dos semanas. La segunda, dentro de seis meses. Por supuesto, decidimos quedarnos en el hospital, qué remedio. Sin embargo, paseando por Urgencias, observamos que las camas siguen amontonándose en los pasillos. La situación es bastante grave el sábado y el domingo por la tarde (normal, porque si los médicos no pasan y no hacen pruebas, no se dan altas, y por tanto, pacientes que podrían estar ya en su casa ocupan camas que otros necesitan ocupar). Nosotros sabemos que ocupamos una de esas camas que probablemente muchos de los que están en Urgencias necesitan más. Pero este es el protocolo, y nadie va a saltárselo, por supuesto.

Había oído muchos comentarios sobre el estado de la sanidad pública, y ya no me sorprendía escuchar hablar de más recortes, pero hasta que no lo he vivido, hasta que no lo he visto con mis propios ojos, no me he dado cuenta de lo terriblemente grave que es la situación. Si no tenemos este mínimo, ¿qué vamos a tener? ¿Es su objetivo, señoras Aguirre y Mato, que acabemos yéndonos a la sanidad privada, empeñándonos para poder ser atendidos en un tiempo normal, en unas condiciones normales? (Condiciones “normales” que todos los ciudadanos deberíamos poder tener, sin pagar por ello) ¿Va a escucharnos alguien alguna vez? Está claro que hasta ahora nadie se ha preocupado por evitar llegar a esta situación, incluso diría que se ha hecho todo lo contrario, ¿y ahora? ¿van a cambiar las cosas con el nuevo gobierno? ¿o seguirán empeorando? Yo creo que sé la respuesta, ¿pero eso a quién le importa?

Todos, tarde o temprano, pasamos por un hospital. Espero que en mi caso sea más tarde que temprano, porque tal y como están las cosas ahora mismo, el hospital no parece ser el lugar más indicado para recuperar la salud, y muy enferma tendría que estar yo para dejarme meterme ahí.

Señoras Esperanza Aguirre y Ana Mato, ¿cuánto tardan a ustedes en atenderlas cuando acuden a la sanidad privada? ¿Cuántas noches han pasado ustedes en pasillos? Me gustaría conocer la respuesta, de verdad que me gustaría.

Fdo. Alba





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